El fenómeno de Retención de placenta, inusual pero hay que tener cuidado

El fenómeno de Retención de placenta, inusual pero hay que tener cuidado

La placenta es el órgano que comunica estrechamente a la madre y al feto durante la gestación. Pero es un órgano efímero, esto es, temporal. En cuanto nace el bebé, la placenta debería ser expulsada por el organismo, ya que su razón de ser era servir al bebé para nutrirlo, oxigenarlo, protegerlo… y ahora ya no tiene ninguna función. Pero, en ocasiones, se produce un fenómeno poco frecuente pero peligroso: la retención de la placenta.

Por ello, los profesionales que atienden el parto comprueban que, una vez expulsada, la placenta está entera, que no le falta ningún fragmento, y el parto no se da por finalizado hasta que se lleva a cabo esta “segunda expulsión”: es la última fase del parto, el alumbramiento.

Lo habitual es que la fase de alumbramiento o expulsión de la placenta dure entre cinco y treinta minutos. Después de las fuertes contracciones del parto, con el cansancio por el esfuerzo y con la emoción de la llegada del bebé, estas contracciones más leves pueden pasar casi desapercibidas para la madre. El profesional médico ayuda a la madre a percibirlas y vigila la expulsión de la placenta.

La retención de la placenta es una de las complicaciones de la placenta que no ocurren durante el embarazo sino que se dan después del parto ya que este órgano no ha sido expulsado junto al bebé. Veamos los tipos de retención placentaria, las distintas causas y los riesgos que supone este fenómeno.

La retención se puede producir porque no hay contracciones (atonía uterina, como vemos en el punto siguiente) o en ocasiones por alteraciones uterinas o placentarias (miomas, malformaciones…). La retención de la placenta es más frecuente en partos prematuros y también si esta se halla insertada en un lugar poco habitual, el cuello uterino (placenta previa).

Incluso aunque se produzca la expulsión de la placenta en el alumbramiento, es muy importante la revisión minuciosa de ésta, ya que puede faltar algún segmento (cotiledón) que haya quedado en el interior del útero o la existencia de placenta accesoria (“succenturiata”, un cotiledón fuera de la placenta). Si quedan olvidados en el interior del útero uno o varios cotiledones, estos pueden sangrar e infectarse.

Hay determinados signos que indican que la placenta ya se ha desprendido, como un pequeño chorro de sangre que sale de la vagina de repente (y no es continuo), el cordón umbilical se ve más largo y se detecta que la parte más alta del huerto sube, se eleva a nivel del ombligo o sobre él.

Si pasan 30 minutos después de que nazca el bebé y aún no hay signos de que la placenta se haya desprendido, recomiendan que el bebé ya haya sido puesto a mamar, ya que cuando la madre da el pecho al bebé, el útero se contrae y eso ayuda a expulsar la placenta. También se recomienda a la madre orinar, ya que si la vejiga está llena podría retrasar la salida de la placenta.

Si después de una hora la placenta aún no ha nacido por sí misma o si la madre está sangrando mucho, los profesionales sanitarios cualificados seguirán distintos pasos para que no aumente el riego y extraer o que salga la placenta.

Existe cierta controversia sobre si los sanitarios han de ayudar a que salga la placenta o dejar que salga sola y parece que las últimas revisiones recomiendan finalmente el manejo activo del alumbramiento de la placenta como método inicial, habiendo informado a las mujeres. El manejo expectante de la placenta sería una opción válida si una mujer solicita que se le atienda de ese modo.

En cualquier caso, recordemos que la retención de la placenta no es un fenómeno frecuente, se da en aproximadamente del 0’5% al 1% de los nacimientos y que incluso en estos casos con la atención médica adecuada no van a poner en riesgo la vida de la madre, con la hemorragia postparto como una de las causas más importantes de morbi-mortalidad materna en el mundo.

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